Las puertas no cerraron
No pude cerrar la puerta. No pudimos, de hecho, cerrar las puertas de los baños. Azotamos durante diez minutos.
¿Qué importaba? Estábamos en otra ciudad, otro país, otro universo, ¿qué era una puerta en ese momento? No lo supimos hasta que se nos pasó.
Lisa estaba conmigo. Salimos de las tribunas y caminamos al rededor del estadio. Era enorme. Hablando de cosas varias se nos escaparon unas cuantas que, quizás, estarían a punto de salir, si no a ella, a mi, o a alguien más.
Así fue. Otra historia. Otra ridícula historia que pasa a significar más de lo que debería.
– ¿ Y ahora qué? No entiendo a qué viene tanto interés en el tema. Nada es seguro, y te has dado cuenta de eso. Todo es efímero, va y viene, pero ¿cuándo es real? – Escupió Lisa con ese repudio que la caracteriza.
En el fondo la entiendo, no es odio, es el espíritu de Descartes manifestandose en ella cada vez que puede. Y eso ocurre casi siempre. Sin embargo, es consciente de la vida, y vive aterrizada; por eso la escucho.
— Palabras más, palabras menos, cuando tengo algo que decir lo digo y ya. Cuando siento algo lo expreso y ya. No es que tenga mucho sentido cuestionarse acerca de si sí o no. Solo hay que hacerlo y ya, si es así como se siente – contesté.
En el entretiempo del agarrón caminamos hasta una cafetería cerca a la avenida El Dorado, o más conocida en Bogotá como Calle 26. Cigarrillo tras cigarrillo; palabra tras palabra; sensación tras sensación. Nunca se tiene suficiente.
Pudimos cerrar la puerta esta vez. Recogimos el café del taburete en el fondo de la cafetería y nos sentamos en la calle –como siempre – a dejar que todo se lo lleve el humo.
— ¿Tienes un amor de ultramar?
Siempre supo cómo arrancarme la verdad.
Llegó como una brisa de mañana que se detiene en la ventana esperando a pasar y refrescar todo a su paso. Recobré la prosa y lírica que se esfumaron hace un tiempo con la partida de una utopia engañosa. Llegó como un café cargado, con su aroma tostado y el dulzor amargo que traen las nuevas experiencias.
El primer sorbo fue como la primera vez que lo miré: interesante, porque no hay palabras que definan con menor claridad lo incomprensible. Un encuentro con algo cotidiano, aunque, esta vez ese algo traía otra cosa más.
Y aunque pasaron los días, las bocas, los cuerpos y las miradas, mi sorbo se quedó en ese ´performance` en el que me asombré de lo fantástica y extraña que es la mente humana. Algunas mentes.
Curioso, para ser algo tan corriente; único, para tratarse de él.
Me sumergí en las letras una vez más para intentar encontrar allí una respuesta a la odisea perpetua en mi mente, porque ha sido un enredo tortuoso tratar de descifrar y entender. Pero cuando entendí, o me acerqué a esa posibilidad, empecé a desaprender de otros aspectos, y uno de ellos fue nuestro encuentro.
Un evento casual y aleatorio que puede que signifique como puede que no. Quizás, y es lo espléndido de la vida, quizás. Esa dualidad en todos los campos donde una mente entra a interactuar. Tal vez, es una posibilidad, me imagino que podría, sí, no; ¿qué es lo absoluto y verdadero? Cuando empiezo a cuestionarme acerca de algo o alguien puedo inferir y percibir que no hay tecla que borre o recuerdo que se esfume; ni siquiera pensamiento que no perdure o no aparezca en algún punto del tiempo. En ese punto donde se encuentra el cuestionar y el sentir es donde se halla una respuesta.
Recaí en la droga perfecta del arte de escribir. Esa que nunca me ha abandonado desde que la conozco y a la cual me volví adicta a muy temprana edad. La única en la que me he perdido y, si pudiese elegir, continuaría perdiendome una y mil veces más. Es mi extasís, mi viaje inverosímil. Mi hogar, lugar de paz y caos; desenfreno, locura, insensatez. Donde soy y no puedo dejar de ser. Donde no me encuentro cuando quiero sino cuando llego hasta allá. Un lugar prodigioso lleno de prodigios malditos. La cima de la montaña que vislumbra otra noción. Aquí, en el resguardo de un alfabeto y la construcción de oraciones coherentes, con esencia, nos refugiamos los marginados de la banalidad. Los que buscamos experiencias. Los vehementes por el exceso. Los que nunca tenemos suficiente de nada y siempre hace falta algo. Los que soñamos, nos preguntamos, explotamos. Los que amamos tanto la vida que al final la despreciamos por su perfecto funcionamiento. Los imperfectos. Los que codiciamos las drogas, el sexo, la curiosidad, el peligro, el rigor, lo prohibido. Somos el ello, reprimido hasta la condena de vivir una vida repleta de estímulos sabiendo que lo que buscamos no está en la realidad exterior, no todas las veces. Somos esos, que no sabemos, pero que lo intentamos.
Le miro con ímpetu. Deleito mi café. Saboreo el ahora. Y percibo su ser.
Las miradas precisas, el escenario incorrecto, los actores opuestos. Esto, lo que sea que signifique, recae sobre una fuerza inusitada encontrada en unas cuantas letras, entendida a medias, comprendida vagamente, expresada tenuemente, presente constantemente.
Siempre supe sacarme la verdad, a pesar del hastío que me produce.
– Chistoso ¿no? – Me preguntó con cierta picardía en su mirada.
— Bastante.
Nos reímos por diez minutos sin parar.
– Parece que sí – continué un poco ahogada – estas situaciones se dan una vez cada que a uno se le da por experimentar lo mismo de manera diferente. ¿Qué se le hace?, somos seres humanos. Soy yo. Me gusta estar constantemente llena de sensaciones, y bueno ¿por qué no?


Comentarios
Publicar un comentario