Hasta aquí
Y así fue como las cartas cesaron de llegar. Él dejó de
recibirlas y yo dejé de escribir. No publiqué muchas, y entregué bastantes: en
físico, a computador, a mano, con el corazón roto y enamorado; con mis besos,
mis abrazos, las caricias y mi compañía incondicional e infinita. Con los te
amo, junto a ellos mil y unas representaciones del amor. Con la ilusión de
hacer del hombre transeúnte el hombre de mi vida, y la desilusión de olvidar
todo lo que alguna vez soñé.
Aprendí mucho en el camino. Aprendí a amar, pero la
enseñanza más importante fue la de amarme primero y entregarme todo a mí de mí
misma antes que a alguien más.
La montaña no se esfuma de mis recuerdos, ni las risas o los
momentos perfectos e imperfectos.
Fuimos una coalición que se destruyó, y aun teniendo las
herramientas para arreglarlo, preferimos hacernos daño y correr.
Las rutas de las personas no siempre concuerdan y en algún
punto se tienen que disipar, se encarrilan a otro riel y se van.
Si nos encontramos otra vez…eso yo no lo sé, pero las cartas
que me faltaron por escribir y entregar seguirán saliendo y desembocando ante
los ojos de quien merezca y ose leerlas.
Fue un trayecto interesante, y productivo a la vez. Amar es
un estado que encierra el universo y está dispuesto a todo. La fugacidad dará
cuenta de ello en un punto.
De la terquedad y el orgullo no queda más que el abandono y
la soledad. ¡Y benditos los que puedan disfrutar de ella!, pues en algún punto
lo notarán y ahí es cuando las cartas empiezan a llegar.
Para cuando leas esto, quien quiera que seas, te amé, te amo
y te amaré para toda la vida. Porque unos ojos no se olvidan, la risa no
desaparece y el amor no se extingue así pase el tiempo.
Habrá otras bocas, otros besos, varios momentos. Habrá más amor
y más tinta en el tintero. Seguirá existiendo fortaleza, desconcierto, y aunque
ya no tenga el calor de tu pecho y el cobijo de tus besos, tendré los recuerdos
para salir a ser el ser que quiero.
Hasta aquí.


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